Ni lo grandes críticos americanos de comida, ni los
afamados chef’s franceses son capaces de competir con el exigente paladar del
cochabambino. Aquí no sólo basta con comer rico, harto y barato; en Cochabamba,
el ingrediente más importante que se le debe poner a los platos es el cariño de
la casera. Cuando nos adentramos en la
vida de éste pequeño valle; el cuál fue testigo de la quiebra de McDonald´s, la cadena de comida rápida
más grande del mundo, podemos darnos cuenta de que no es sólo el consumo de
comida tradicional lo que importa, sino también el cómo y el dónde uno la
consume. ¿Qué es lo que un cochabambino busca a la hora de encontrar un rincón
ideal para comer? Si bien ésta puede parecer una pregunta difícil, la respuesta
es muy simple: un lugar donde lo traten como en casa. El que te sirvan con
palabras dulces que, de alguna forma, logren alegrar tu día o que sepan
exactamente cómo te gusta comer tu trancapecho favorito o tu anticucho recién
cocinado, son cosas que ni el restaurante italiano más fino puede superar.
Ésta dinámica que se genera en la industria gastronómica
local, la cual claramente trasciende la relación comerciante-cliente, tiene
como protagonista a una figura que ya se había mencionado anteriormente, la case o caserita. Como su nombre mismo lo adelanta, las caseras son
aquellas vendedoras que, a través del trato especial que te dan como cliente,
te brindan una experiencia de hogar, de comida hecha en casa que es
incomparable. Se les suele llamar las miski
simi, las de la boca dulce que nos envuelven en un aire de afecto y apego
que sólo ellas saben generar. Por muy mítica y fantástica que esa descripción
pueda sonar, solo aquél que experimentó ese cariño casi maternal que otorgan, sabe
de lo que estamos hablando. Éstas relaciones se construyen, como cualquier otro
lazo afectivo, con años de fidelidad, confianza y complicidad.
Éste fenómeno social, muy propio de la región boliviana, ha
logrado posicionarse como un mecanismo claro de defensa en contra de una
cultura occidental cada vez más individualista. El sentido del consumo de la
comida como espacio de socialización, a través de la importancia que se le
atribuye a la atención de las caseras, es esencial para conservar nuestras
raíces de comunidad. El plato preparado con cariño siempre va a ser una pequeña
representación de una comunidad compuesta de lazos afectivos; y justamente, uno
de los lugares en los que se puede observar claramente Ésta dinámica es en la
plaza de comidas llamada ¨Las Islas¨.
Ubicada en la zona norte de la provincia Cercado de
Cochabamba, ¨Las Islas¨ se ha establecido como uno de los centros urbanos más
importantes de la región. Ahí, donde conviven más de diez puestos que ofrecen
una variedad de comida rápida tradicional e internacional; se encuentra el
puesto de Doña Anita, los trancapechos más famosos del lugar.
Doña Anita se dedica al rubro de la comida desde hace ya
treinta años, pero va trabajando solamente en ¨Las Islas¨ alrededor de veinte.
En su local, además de ofrecer sillpanchos, trancapechos, milanesas y lomitos,
les ofrece a sus clientes un servicio fiel e incondicional: ¨Yo trabajaba en un
colegio antes, de ahí que decidí dedicarme a cocinar, me iba mejor y ganaba más
plata. Han sido mis alumnos quienes me han impulsado a abrir mi puesto y
después ellos se han vuelto mis clientes¨. Anita ha logrado ganarse a
compradores de una manera inigualable, cocinándoles con mucho corazón y con
mucho cariño, ella dice que la mayoría de su público son los jóvenes, quienes
acuden al lugar mayormente los fines de semana en la madrugada.
Del otro lado de la historia está Jorge Quispe, mejor
conocido como ¨Timón¨, un estudiante de 22 años de la carrera de comunicación
que es, más que cliente, un amigo de Doña Anita: ¨Hace unos tres años ya que
voy donde la Anita, la primera vez que llegué ahí fue para recuperar después de
una fiesta y así me quede con ella¨. Timón afirma que es tan cercano a ella que
ya sabe de memoria sus gustos, e incluso le da permiso para que él entre a la
cocina del puesto: ¨Como ya se ha vuelto una tradición ir a reaccionar ahí, ya
sabe la Anita cómo me gusta mi trancapecho, hasta me deja entrar a su cocina
para que yo mismo me prepare¨. Timón afirma que la fidelidad que le tiene a
Doña Anita es algo que jamás podría romperse; y con el paso del tiempo, él ha
logrado hacer que su círculo de amigos con los que normalmente acude a comer
ahí, forjen la misma cercanía: ¨Con la Anita todo es cuestión de confianza; yo
vuelvo a comprarle siempre, no solo porque es tradición, sino también por cómo
me trata y cómo me conoce tan bien¨.
Ésta relación es tan solo una sola de las tantas que se
pueden encontrar cuando uno va a ¨Las Islas¨ y observa el ambiente de manera
más detenida. Éste constructo social e identitario que en un principio podría
parecer insignificante, nos muestra el lado más humano de las relaciones
económicas que se dan en nuestro país; y a su vez, funciona también como un
espejo para que los cochabambinos nos miremos a la cara y no olvidemos de dónde
venimos.
El mundo actual no tiene por qué ser tan frío, en nuestra
cotidianidad hay gestos que, a pesar de ser pequeños, tienen la capacidad de
devolverle el sentido más cálido a nuestras acciones. Caseritas como Doña Anita
y clientes como Timón, son bolivianos comunes y corrientes, con grandes
historias que resignifican día a día diversas prácticas culturales que, a pesar
de la influencia occidental mercantilista tan presente, se niegan a desaparecer.
La noción de lo nuestro como algo comunitario debería ser algo a lo que nos
aferremos con todas nuestras fuerzas, y es justamente el papel que desarrollan
las caseras, algo que contribuye a ésta tarea. Mirando con atención a lo que
nos rodea, vamos a poder ser capaces de encontrar el lado fascinante de las cosas
más banales; por lo que las relaciones sociales que se generan y crecen dentro
de nuestro espacio público deberían ser un foco de atención.
-
Adriana
Carolina Benitez Ballivián
No hay comentarios:
Publicar un comentario