¿Cómo nace Bolivia a la vida republicana en 1825? Un
territorio, justo al medio de la región latinoamericana; con abundante
diversidad de flora, fauna y un sinfín de mitos y ritualidades que son, a su
vez, evidencia de la riqueza cultural que nos rodea, carga consigo un fantasma
que lo persigue desde sus inicios como nación independiente. El proceso de
descolonización de Bolivia tuvo siempre como protagonistas a la raza criolla;
desde los libertadores hasta los primeros estadistas que se hicieron cargo del
país, fueron pertenecientes a un grupo selecto que tenía acceso al poder,
mientas que la mayoría restante parecía vivir en una realidad opuesta. El
boliviano común, el que trabajaba su tierra para sobrevivir o simplemente se
dedicaba a servir al patrón sólo por tener un techo que lo acogiera, estaba
acostumbrado a vivir el día a día con lo mínimo. Para ellos, la palabra
¨escasez¨ era algo común, no solo en su vocabulario, sino también en su
cotidianidad. Hasta el día de hoy, los sectores de la población que viven en
situaciones de desventaja tienen muy interiorizado éste rasgo de la escasez;
escasez de comida, escasez de agua, escasez de gente que los escuche. Es por
esto mismo que ellos han encontrado maneras de terminar con ésta problemática.
El sector popular de la población, tras años y años de
procesos migratorios, se ha ido apropiando del sentido de lo exagerado de las
cosas y de los excesos en sus manifestaciones culturales, que a la vez, tienen
un papel fundamental. Las celebraciones religiosas impregnadas de sincretismo,
los espacios públicos de socialización y la variada gastronomía, mediante la
intensidad que le otorgan a éstas ritualidades; cumplen la función de compensar
la noción de escasez que parece ser tan familiar para ellos. La excentricidad
de los trajes de los bailes típicos, y la abundancia de la comida y la bebida,
tienen raíces claras en la cuestión del hambre que han sufrido la mayoría de
los bolivianos con el paso del tiempo. Hay, sin duda alguna, una intención del
trabajador de clase media, del campesino y hasta del estudiante incomprendido
de buscar la plena satisfacción sensorial en determinados momentos y espacios.
En el caso propio de la comida nacional, es interesante
ver que, hasta estéticamente, se refleja una abundancia evidente en el plato
que nos sirven; donde los ingredientes forman una recreación visual, casi
artística, que trasciende al mero acto de comer. Claramente, comemos para
festejar, para olvidar, pero sobre todas las cosas, comemos para sentirnos como
en casa. El sentido de comunidad que tenemos los bolivianos, que fue
desarrollado con el trabajo agrario colonial y extendido hasta nuestros días;
transgrediendo barreras de raza y de clases, se ha convertido en un pilar
fundamental de nuestra construcción identitaria.
-Adriana Carolina Benitez Ballivián
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